
Se sentía tan atrapada en esta vida, no se veía capaz de seguir adelante, notaba como sus fuerzas flaqueaban y por más que luchó antaño ahora la resultaba imposible, algo había cambiado, algo que la impedía seguir adelante.
Sí. Porque es tan difícil conseguirlo cuando algo en tu interior ha cambiado tanto. La enfermedad lo estaba consiguiendo, estaba acabando con ella y con sus fuerzas, se estaba apoderando de cada célula de su cuerpo, extendiéndose rápidamente, consumiendola tanto por fuera cómo por dentro, matándola...
Tan pequeña como si cupiese en un tarro de cristal, tan frágil como el cristal que la atrapaba, tan inestable como una carga de explosivos ante las manos de un niño, haciendo de sus emociones extremos. Pero cómo se podía controlar las emociones cuándo sabía que la quedaba tan poco tiempo. Unas veces reía, con todas sus fuerzas, debía aprovechar cada minuto que la quedaba sonriendo, pero en cambio otras veces un llanto descontrolado, cómo se puede reír ante la inexistencia de su futuro, demasiados contradictorios en su cabeza, que ante la idea eran un amasijo de miedos, que iban y venían, que la transportaban hacia extremos insospechables.
Sabía que no debía dejarse llevar por la presión, ya que no la dejaría disfrutar de la vida que la quedaba.
Pero es que sentía que la faltaba conocer y experimentar demasiadas cosas, momentos que para ella nunca llegarían. Permanecer junto al amor de su vida, esa boda que planeaba desde que era una niña, el piso y la vida que compartiría con él, el salón de este color, el baño con estos azulejos, la cocina con esos muebles de madera que tanto la gustaban...
Cosas que jamás llegarían y en las que cada día pensaba, sin terminar de afrontar lo que la estaba sucediendo.


